Hay un momento en el que abres los ojos y te das cuenta: han pasado dos cosas.
La primera, tienes a tu bebé junto a ti. Ya no está dentro de ti. Ahora está fuera. Es vulnerable. Llora. Duerme. Se alimenta. Hace caca. Se comunica, pero no con el mismo lenguaje que tú.
La segunda, tu vida de antes ya no está. Se ha esfumado. Como una varita mágica o como despertarse de un sueño. Lo que antes formaba parte de tu cotidiano (hobbies, conversaciones, paseos, …), ya no “es” o, por lo menos, no es igual.
Y este momento en el que abres tus ojos, puede vivirse de muchas maneras diferentes. No hay una correcta o incorrecta. La sociedad puede intentar convencerte de que sólo hay una manera válida pero, ¿válida para quién?
No te lo han dicho, pero ese momento en el que todo esto ocurre se llama puerperio. Y aunque se empeñen en estandarizarlo, cada puerperio es único. Como lo es cada embarazo. Ese momento del que hablamos puedes sentirlo como escalar el Everest o como estar tomando el fresquito en el bosque.
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